domingo, 15 de marzo de 2020

B - El Yo del virya y el Yo infinito.

B - El Yo del virya y el Yo infinito.

Recordamos lo dicho anteriormente: los Siddhas Traidores han concebido "un plan en dos etapas", la primera de las cuales radica en la clave genética y la segunda en el encadena­miento espiritual. Debemos, pues, comenzar por la primera fase.
La clave genética, la herencia del origen, transforma al pasú en un virya. La mejor ma­nera de aclarar este hecho es preguntar si existe alguna diferencia evidente que demuestre tal transformación; o sea: ¿cuál es el efecto de la clave genética en el virya, el primero y perma­nente, que lo convierte en un ser diferente del pasú? Respuesta: La aparición del YO. En efec­to, en el pasú, lo más parecido al Yo es el sujeto consciente, el cual jamás dice "yo soy", ni aún cuando anima a un ente autónomo: el pasú una vez alcanzada la perfección entelequial o du­rante la evolución de la esfera de conciencia, actúa siempre en concordancia con el objetivo de la finalidad, poner sentido en los entes, producir cultura, etc. El sujeto consciente, de acuerdo con el objetivo microcósmico, cuando más se desarrolla tanto más se imbuye del carácter orgánico del macrocosmos, tanto más admira a la Obra y al Creador. Con otras palabras: cuanto mayor sea el nivel de conciencia del sujeto consciente del pasú, tanto más orientado hacia el macrocosmos se encuentran sus referencias exteriores. Un sujeto consciente altamente desarrollado esta "armónicamente" referido al Demiurgo y ello le impide definitivamente manifestarse como un Yo o, tan siquiera, experimentar un egoísmo espiritual semejante al del virya. ¿Mas como se caracteriza, entonces, un Yo? Respuesta: Por la certeza esencial de que la propia entidad es algo único, indestructible, inimitable y, desde luego, diferente del Demiurgo Jehová-Satanás, o como quiera que este se llame, y NO CREADO POR EL. Quien experimente esta certeza esencial es muy probable que sea un virya perdido. "Mi vivencia es la del Yo, el sentirme Yo" declara Miguel Serrano. Y continúa de este modo: "...es errado y peligroso pretender que nuestras vivencias sean compartidas por los demás. Una cosa que se podría tomar por simple, la vivencia del Yo, de sentirse Yo, podría parecernos natural y bien generalizada. Sin embargo, cada vez que he consultado a otros si ellos se sienten Yo, exclusivamente Yo, en medio del Universo, no he tenido éxito en traspasar esa aguda vivencia, encontrándome como frente a un muro impenetrable. Y en el rostro de los consultados, casi siempre una expresión de sorpresa, de desconcierto. Extrañamente, ellos no habían tenido esa vivencia. Ése no era su diapasón. (La sensación del Yo es un signo que señala al virya despierto). Al extremo que he llegado a pensar que en el mundo, únicamente yo me siento Yo."
Pero, si el Yo es algo diferente del sujeto consciente, si surge en el pasú por causa de la clave genética y es la evidencia de su transformación en virya ¿qué es, entonces, el Yo? Res­puesta: EN TODO VIRYA, EL YO ES LA MANIFESTACIÓN DEL ESPÍRITU ENCADE­NADO. Por supuesto, nos referimos al Yo antes definido, al Yo de Miguel Serrano, al Yo de la absoluta identidad individual. Esta respuesta nos obliga a realizar una inmediata aclaración para evitar una confusión bastante probable: LA RESPUESTA NO NOS DICE QUE EL YO "ES" EL ESPÍRITU; SÓLO NOS ASEGURA QUE ES "SU MANIFESTACIÓN". ¿Qué sig­nifica esta aclaración, qué agrega a la respuesta anterior? Respuesta: La aclaración apunta a evitar que se confunda el Yo con UNA EXPRESIÓN DIRECTA DEL ESPÍRITU, cuando sa­bemos ya, de los primeros incisos, que "el Espíritu encadenado no sabe que lo está". El Yo, efectivamente, es tenido por la forma más pura de "conciencia" y puede parecer contradictorio que por una parte se lo vincule al Espíritu, como evidencia del encadenamiento, y por otra se afirme que el Espíritu ignora su encadenamiento ¿cómo, si el Yo es conciencia, ignora el Es­píritu su situación? Justamente, porque esta pregunta constituye un error, se aclaró que "el Yo es la MANIFESTACIÓN del Espíritu encadenado" y no la expresión del Espíritu mismo. Aunque la distinción propuesta parece demasiado sutil, se torna inmediatamente clara cuando apelamos a los conceptos analógicos sobre el Espíritu obtenidos con la ayuda del Modelo de la Esfera.
En el inciso "El Espíritu-esfera revertido" vimos que el Yo Absoluto, de la "normalidad", se trasladaba al Yo Infinito de la "anormalidad" del Espíritu. El Yo infinito se sintetizaba en un "polo infinito", en el que convergían todas las proyecciones de los puntos exteriores de la esfera: el "polo infinito" se encuentra necesariamente en el infinito y, por eso, las proyecciones del Vultus Spiritus, el Rostro espiritual, traspasan el espacio cósmico del macrocosmos en todas direcciones. Resulta, así, que "entre el Espíritu-esfera y el Yo Infinito, ha de estar COMPLETO el mundo de los entes finitos, es decir, el macrocosmos "INTERIOR"; o, en otras palabras, el Yo Infinito sobrepasa POR EL INFINITO al mundo de los entes finitos; es como si, en la figura 8, TODO LO FINITO ESTUVIESE ENTRE EL CIRCULO VIOLETA (polo infinito expandido) Y EL CIRCULO VERDE (Rostro espiritual)". En el inciso siguiente se completaba ese concepto: "EL ESPÍRITU ESFERA REVERTIDO IG­NORA SU SITUACIÓN PORQUE ENTRE EL Y SU YO INFINITO SE INTERPONE EL ABSOLUTO DESORDEN DEL "ORDEN ARQUETÍPICO" O "PLANO MATERIAL"; EL ESPÍRITU REVERTIDO SE OPONE ESENCIALMENTE A DICHO "ORDEN" Y, TAL OPOSICIÓN, CREA UNA BARRERA DE INCOMUNICACIÓN CON SU PROPIO YO IN­FINITO QUE SE ENCUENTRA "MAS ALLÁ DEL PLANO MATERIAL"; POR OTRA PARTE EL YO INFINITO, DESDE EL INFINITO, SOLO "VE" LA SUPREMA ILUSIÓN DEL ORDEN ARQUETÍPICO, A "MAYA", AL "MIRAR" HACIA EL ROSTRO ESPIRI­TUAL. Tal el drama del Espíritu revertido que se llama: CONFUSIÓN ESTRATÉGICA".
Consideremos ahora el siguiente concepto de la Sabiduría Hiperbórea, cuyo significado ha de revelar finalmente el Misterio del encadenamiento espiritual: EL YO PARTICULAR DEL VIRYA SE OCASIONA POR LA REFLEXIÓN DEL YO INFINITO EN LA IMAGEN DEL ORIGEN, CUYO RECUERDO PERSISTE EN LA MEMORIA DE LA SANGRE. Lógica­mente, se requiere de varios comentarios para explicar tan importante concepto.
Primero: El concepto precedente es conocido con el nombre sintético de "ENCADENAMIENTO ESPIRITUAL" y debe entenderse que a él se alude toda vez que se mencione tal nombre. El "encadenamiento espiritual" es el segundo acto del Misterio Mayor llamado Traición Blanca de los Siddhas Traidores; el primer acto ha sido, naturalmente, la confusión y desorientación original de los Espíritus Hiperbóreos, Misterio que hemos explica­do analógicamente como "reversión de los Espíritus-esfera".
Segundo: Por otra parte, el "encadenamiento espiritual" se produce como efecto del "plan en dos fases" de los Siddhas Traidores, cuya primera fase consiste en la clave genética. De acuerdo a lo ya visto, podemos describrir de manera más completa dicho plan: La primera fase, la clave genética, introduce en la memoria de la sangre una "imagen del Origen", la cual consti­tuye una herencia perpetua que se trasmite biológicamente en las razas de viryas perdidos; como toda terminación psíquica la "imagen del Origen" tiene carácter sémico y, por eso, la Sabiduría Hiperbórea la denomina Símbolo del Origen; en la Segunda Parte se verá que la proyección exterior, significativa, del Símbolo del Origen es el misterioso Signo del Origen, del cual se deriva por deformación y mutilación, entre otros, la swástica Hiperbórea. La segunda fase del plan, el encadenamiento espiritual, se cumple cuando el Yo infinito, reflejado parcial­mente en el Símbolo del Origen, ocasiona el Yo particular del virya.
Tercero: En el Símbolo del Origen, del virya perdido, sólo se refleja una ínfima parte del Yo Infinito, el cual consiste en la síntesis polar de las infinitas "miradas" proyectadas en todas las direcciones del espacio (ver figuras 7 y 8). En el articulo "H" se explicará analógicamente este hecho.
Cuarto: Se entiende mejor, ahora, a la luz del concepto de encadenamiento espiritual, la afirmación anterior de que "el YO del virya es la MANIFESTACIÓN del Espíritu encadena­do" y que la misma no debe confundirse con una EXPRESIÓN DIRECTA del Espíritu. El Espíritu revertido, en efecto, ES ETERNO y, por lo tanto, NO SUCESIVO; esta cualidad esencial lo mantiene absolutamente apartado del tiempo trascendente del macrocosmos, en el cual ocurren los entes finitos y sucesivos. Mal podría, entonces, acaecer una "expresión directa del Espíritu" en el virya perdido, es decir, en el macrocosmos potencial: un ente que efectiva­mente sucede en el tiempo trascendente. Por el contrario el Yo del virya es una "manifestación del espíritu", pero una manifestación indirecta que se realiza cuando alguna de las infinitas mi­radas descubre, en un ente finito, el Símbolo del Origen y se reflejan en él. No es pues, el Es­píritu quien se "expresa" en el Yo sino que, por el contrario, su manifestación ocurre SIN QUE EL ESPÍRITU LO SEPA. Es evidente: si el Yo del virya participa del Yo Infinito, ha de pade­cer su misma incomunicación, es decir, la desorientación anormal causada por la Traición Blanca. "El Espíritu-esfera revertido ignora su situación porque entre el y su Yo Infinito se interpo­ne el absoluto desorden del plano material"; etc.





A - La herencia del virya.

A - La herencia del virya.

Recordemos uno de los primeros párrafos del inciso "Traición y encadenamiento espiri­tual": "...la traición de los Siddhas Traidores se consumó PARA SERVIR A UN FIN ESPE­CIFICO: EL ENCADENAMIENTO DE LOS ESPÍRITUS-ESFERA AL PLANO MATE­RIAL. Volvemos pues a plantear aquella pregunta con la cual presentamos el modelo analó­gico del Espíritu-esfera: ¿cómo se encadena a la materia, a lo efímero de la vida, a las varia­ciones de la naturaleza, a los ciclos de vida y muerte, cómo se encadena, repetimos, un Espíritu eterno a esa ilusión?". Ahora que conocemos, analógicamente, que es un Espíritu (y también un pasú), vamos a explicar como pudo ser encadenado a la materia. A continuación se alude a la "clave genética del sistema Kármico" como un método consciente en plasmar, en la sangre del pasú, "una imagen del origen del Espíritu Hiperbóreo": "Así se constituye en la memoria de sangre el "recuerdo del origen", el cual es una auténtica herencia perpetua del Manú-Siddha Traidor; y se plasma en la sangre y no en cualquier otra substancia porque la "fuerza plasma­dora" empleada es la pasión: pasión en el maithuna o, si se quiere, amor".
"La clave del sistema consiste, entonces, en plasmar una imagen del origen en la sangre del pasú con lo cual éste adquiere una herencia divina y pasa a ser virya. Sólo cabe reiterar que tal donación no tiene ningún carácter bondadoso sino que apunta al encadenamiento de los Espíritus revertidos. Puede considerarse, para mayor claridad, que la "plasmación del origen" es la primera parte de un plan en dos etapas, la segunda de las cuales seria el encadenamiento propiamente dicho. La creación de la Minne tendría así el único objeto de facilitar la liga del Espíritu con la materia...". De estos párrafos, que estamos citando de un inciso anterior, se desprende el aterrador hechos que los viryas descienden genéticamente de seres divinos, Dioses extraterrestres, PERO QUE NO SON AMADOS POR ELLOS. Por el contrario, sus ancestros divino no vacilan en someterlos al despiadado sistema evolutivo de las reencarnaciones Kármi­cas basado en el dolor, y el sufrimiento, en el aprendizaje por el método de premios y castigos, es decir, de acción y reacción. Pero la mayoría de los viryas ignoran que en su ser existe una dualidad esencial. Y quizás sea, en muchos casos, mejor que así suceda: de otro modo, de sa­ber DE QUIEN DESCIENDEN, seguramente enloquecerían sin remedio. Por un lado, como pasú, el virya es animal-hombre, vale decir, UN HIJO DEL DEMIURGO; por otra parte, como depositario de una imagen del origen en la memoria de la sangre, el virya es también di­vino, vale decir, UN HIJO DE LOS SIDDHAS (TRAIDORES) HIPERBÓREOS. Como hijo del Demiurgo, su finalidad es alcanzar la autonomía óntica, la entelequia humana, para admi­rar, con el máximo sentido posible, Su Obra; ésa es la verdadera finalidad del pasú, quien, en tanto, suele creer que existe para otra cosa; pero tal ilusión se desvanece invariablemente cuando "al final de un Gran día de Manifestación" sobreviene "la noche de Brahma", el mahapralaya en el que toda la creación material es fagocitada por la nada succionante de un Final que es igual al Principio; y en esa nada, naturalmente, acaba todo,  los pasúes o viryas junto con toda clase de manifestaciones monádicas. Esta finalidad fatal de la naturaleza huma­na no es, desde luego, demasiado atractiva. Mas, como hijo de los Siddhas Traidores, el virya tampoco consigue avizorar un futuro benigno: sus antepasados divinos le ocultan, valiéndose de toda suerte de artimañas, el hecho y el derecho de la descendencia; pero, si por algún motivo extra Kármico, el virya llegase a percibir en la memoria de la sangre el recuerdo del origen, si llegase a sospechar que "algo en él no es de aquí", entonces se enfrentaría al odio y al despre­cio más terribles por parte de sus "divinos" antepasados; pero ellos no tratarían de destruirlos sino que emplearían sus increíbles poderes para sumirlo en una intensa ilusión máyica, es de­cir, para hundirlo aun más en la confusión estratégica; por este lado, pues tampoco puede espe­rar otra cosa que la disolución final del Pralaya cósmico, toda vez que los Siddhas Traidores no están dispuestos a entablar NINGÚN TRATO PARTICULAR con los viryas, es decir, nin­guno que pueda apartarlos del Karma.
Ante panorama tan sombrío ¿qué salida le queda al virya, que esperanza, puede alentar, de escapar a los Planes demenciales del Demiurgo y los Siddhas Traidores? Respuesta: La li­beración del Espíritu Hiperbóreo. Esto es: la única posibilidad de escape consiste en que el virya remonte su recuerdo hiperbóreo hasta el origen y se transmute en Divino Hiperbóreo, DESENCADENANDO al Espíritu cautivo, vale decir, que PROCURE LA "NORMALIDAD" DEL ESPÍRITU ESFERA REVERTIDO. Para que tal posibilidad se concrete efectivamente es necesario que el virya actúe en el marco de una ESTRATEGIA HIPERBÓREA, cuestión que se estudiará en la Segunda Parte: allí se describirá la ACTITUD GRACIOSA LUCIFÉ­RICA que debe adoptar el virya como postura estratégica básica de liberación espiritual. En lo que resta de la Primera Parte nos ocuparemos de un importante tema que debe ser aclarado previamente: el encadenamiento espiritual.





EL VIRYA PERDIDO: UN PASÚ CON LINAJE HIPERBÓREO.

EL VIRYA PERDIDO: UN PASÚ CON LINAJE HIPERBÓREO.

En el último inciso hemos completado, aunque en forma ciertamente elemental, la ex­posición de los principales conceptos que la Sabiduría Hiperbórea afirma sobre el pasú, ese animal-hombre que habitaba la Tierra a la llegada de los Siddhas Traidores. Fue necesario expo­ner tales conceptos para explicar, quizá por primera vez en esta lengua exotérica, el Misterio del encadenamiento del Espíritu a la evolución de la materia. Sabemos ahora lo que el pasú es, conocemos las estructuras en las que se manifiesta subjetivamente su alma transmigrante: en consecuencia, sabemos que esto que el pasú es EL ESPÍRITU NO ES. Hemos dado, pues un paso importante hacia una visión inteligible del Misterio. El siguiente paso nos conducirá di­rectamente al núcleo del Misterio, es decir, al encadenamiento espiritual.





sábado, 14 de marzo de 2020

F – El sujeto consciente en presente comprensivo S.P.C.

F – El sujeto consciente en presente comprensivo S.P.C.    



Supongamos que el sujeto consciente ha retenido el símbolo emergente I' tal como se ve en la figura 25. Entonces, si en lugar de atender a la extensión experimenta la comprensión del símbolo, será posible que aperciba su propia esencia temporal, es decir, la sucesión del tiempo inmanente, y el carácter dialéctico del presente real. Para ello será necesario situarse en otra perspectiva, diferente del enfrentamiento extensivo del S.P.E., con el fin de aprehender com­prensivamente al símbolo. Esta nueva situación se ha señalado analógicamente en la figura 25 con las letras S.P.C.
Ahora bien, la COMPRENSIÓN es una dimensión de los conceptos análoga al volu­men de la tajada xx: la "comprensión" indica cuán cerca está el concepto de coincidir con la verdad del ente, es decir, el volumen de la tajada indica cuán cerca está el concepto, en térmi­nos sémicos, de coincidir con el esquema del ente o Relación. Como toda representación racio­nal, tal como I, es homóloga al concepto que significa, su dimensión comprensión es necesa­riamente equivalente, según se explicó en el inciso anterior (articulo "F", comentario Tercero). Entonces ¿qué significa "experimentar la comprensión del símbolo"? Respuesta: aprehender su estructura; tomar conciencia, no de la mera apariencia que denota la extensión, sino de su complexión sémica. Para ello es preciso situarse en una perspectiva justa, que permita COM­PRENDER de un solo golpe de vista, es decir, en un solo acto cognoscente, la estructura del símbolo. Esto es: el sujeto consciente debe situarse, no frente al símbolo, sino A LA PAR de éste; viéndolo, NO COMO EMERGENTE, SINO COMO CIRCULANTE. En otras palabras: aún estando retenido en el presente, la observación comprensiva del S.P.C. debe darse a la par del símbolo, advirtiendo la dirección de su tránsito, es decir, comprobando que la emergencia sucede en el tiempo inmanente.
Hay que afirmar enérgicamente que no es posible comprender a ningún símbolo o repre­sentación consciente sin un efectivo cambio de perspectiva del sujeto consciente: no existe aquí un "principio de relatividad" que permita, por ejemplo, girar el símbolo con la fantasía y "encarar la comprensión de frente". Esto es imposible porque SIEMPRE, en todos los casos posibles, el aspecto frontal del símbolo es extensivo para el sujeto consciente. Para experimen­tar su comprensión se requiere indefectiblemente un movimiento del sujeto consciente que lo sitúe A LA PAR del símbolo retenido.
La primera intención dirige I' hacia sí mismo y, por lo tanto, su emergencia sucede en el tiempo inmanente. Al surgir en la conciencia, es decir, al atravesar el umbral de conciencia Ψ, el símbolo es retenido "desde el futuro" por el sujeto consciente, quien se sitúa luego en posi­ción favorable para su comprensión. Entonces, el símbolo I' es el contenido concreto, claro y definido, de un pensamiento consciente. En dicha conciencia, el S.P.C. ha de ser capaz de efectuar las siguientes distinciones:
Primero: ante todo experimenta la certidumbre objetiva del símbolo, es decir, hay eviden­cia patente de que el símbolo constituye un OBJETO diferente del S.P.C.
Segundo: en tal objeto, como una fuerza particular que apunta hacia sí mismo, percibe la PRIMERA INTENCIÓN.
Tercero: apercibe, también, la propia ATENCIÓN puesta en la retención, la cual es una especie de SEGUNDA INTENCIÓN que refiere al símbolo hacia el sujeto cognoscente.
Cuarto: capta, así, el momento PRESENTE como producto de una tensión dialéctica: la primera intención y la segunda intención se revelan como fuerzas claramente opuestas.
Quinto: COMPRENDER es percibir la estructura del símbolo, es decir, aprehender su esencia: esta posibilidad superior de conocimiento está vedada al S.P.E., quien sólo percibe una apariencia exterior, tanto más racional cuanto más reflexiva sea su indagación (ver inciso anterior, articulo 'G', comentario Segundo).
Sexto: finalmente, el S.P.C. puede apercibir su propia esencia sucesiva, es decir, el TIEM­PO INMANENTE. Pero tal apercepción, por ser comprensiva, se efectúa sin referencia alguna al tiempo trascendente, cuyo dato para el conocimiento indirecto es la extensión. Quiere decir que el S.P.C. es capaz de apercibir al tiempo inmanente en forma absoluta; de aquí que a la disposición del sujeto consciente para apercibir el tiempo inmanente se la denomine: FACUL­TAD DE AUTOSCOPIA CRÓNICA.





E - El sujeto consciente en presente extensivo S.P.E.

E - El sujeto consciente en presente extensivo S.P.E.

Aún cuando el pasú haya desarrollado el sujeto consciente, existe una fase primitiva de la evolución en la que los contenidos conscientes se refieren exclusivamente a entes externos: en tal caso se dice que "la conciencia del pasú está orientada hacia el mundo". Naturalmente, el sujeto consciente no puede realmente exteriorizarse en el mundo, asomarse directamente al macrocosmos, debido a la anisotropía del tiempo trascendente que le impide suceder en el. Para una esencia crónicamente transversal el acceso al mundo exterior sólo es posible indirec­tamente por medio de representaciones de los entes externos. Esa es, justamente, la función que cumple EL MUNDO INTERMEDIARIO DE LA ESTRUCTURA CULTURAL, que se en­cuentra entre la esfera de conciencia y la esfera sensorial: por su intermedio sólo podrán conver­tirse en objetos conscientes aquellos entes que previamente hayan sido racionalizados y es­quematizados. Mas, no obstante esa intermediación racional que mantiene al sujeto consciente perpetuamente aislado de la presencia fáctica de los entes, que los conforma culturalmente y que propone el significado como "verdad del ente" en los términos de un lenguaje, es decir, no obstante recibir sólo un aspecto del designio del ente, el sujeto consciente del pasú concentra su atención exclusivamente en el mundo exterior. En pocas palabras: la conducta constituye la motivación principal de sus actos conscientes. A esta fase primitiva de la evolución correspon­de PERMANENTEMENTE un "sujeto consciente en presente extensivo" (S.P.E.). Cualquier pasú, por supuesto, no importa cual sea su grado evolutivo, si posee sujeto consciente estará en condiciones de experimentar ALTERNATIVAMENTE el presente extensivo; sin embargo, aquí ponemos la condición de que ello ocurra "permanentemente" porque nos ocupamos del caso típico del pasú previo el encadenamiento espiritual.
Un pasú con S.P.E. conoce hasta cierto punto la verdad de los entes y puede conducirse racionalmente en el mundo, en concordancia con el objetivo de su finalidad. Sin embargo, en cuanto al tiempo trascendente del macrocosmos, el S.P.E. comete un grave error gnoseológico. Veamos. La extensión de I ocurre, según se ve en la figura 18 y siguientes, PARALELA­MENTE con el transcurso del tiempo trascendente. Es aquí que la extensión guarda una razón, una RATIO, es decir, una proporción, con el tiempo trascendente: tal razón se denomina DU­RACIÓN y corresponde a la duración originaria real del ente esquematizado; recordemos que I puede representar al esquema de cualquier ente y no sólo a una forma triangular. La extensión del símbolo I, según explicamos, sólo REFLEJA mediante un RATIO aquella duración origi­naria, vale decir, es un dato indirecto de la temporalidad del ente. Pues bien: el error del S.P.E. consiste en CONFUNDIR la conciencia de la extensión con la aprehensión real y afectiva de la duración trascendente. En la figura 25 se ve que el símbolo I' se encuentra frente al S.P.E. en el aspecto analógico de la esfera de conciencia, vale decir, donde sólo existe el tiempo inma­nente: la percepción de la extensión sólo puede brindar una representación de la duración ori­ginaria pero jamás un acceso directo al tiempo trascendente.
¿Qué consecuencias provoca esta confusión del S.P.E.? Respuesta: Que el sujeto cons­ciente creerá percibir directamente el tiempo trascendente cuando en realidad sólo cuenta con datos extensivos de los entes; esta creencia conducirá a la suposición absurda de que el tiempo trascendente es esencialmente análogo a la extensión, es decir, que es continuo, lineal, etc.: por eso se le descompondrá en instantes ANÁLOGOS a los puntos del espacio extensivo, o se identificará estos instantes con dichos puntos. El tiempo trascendente seria, así, una sucesión de instantes, todos iguales entre si, que se corresponden biunívocamente con los puntos del espacio: la "duración" de un ente espacial consistiría en una especie de "extensión temporal" que surge de la aplicación del espacio puntual del ente sobre el tiempo instantáneo DURANTE un lapso determinado de su existencia. Desde luego, nada de esto es cierto pues, como se de­muestra en el libro Física Hiperbórea, el tiempo trascendente es algo muy distinto de una su­cesión lineal de instantes.
La extensión de la representación I' sólo puede aportar al sujeto consciente un dato indi­recto sobre la duración original del ente representado: al confundir este dato indirecto con una "conciencia del tiempo" se comete un grave error gnoseológico. Pero el error es mayor aún cuando a tal "conciencia (falsa) del tiempo" se le atribuye una vinculación directa con la pre­sencia de la representación: entonces se cree percibir, en la extensión, la duración DEL PRE­SENTE. Mas este "presente" subjetivo es una ilusión y el tiempo del que parece surgir, y al que remite, un tiempo falsificado, inventado por el S.P.E.
Observemos la figura 25. El símbolo I' emerge frente al S.P.E. y ésta lo percibe en ex­tensión. Toma así "conciencia" de la duración y cree percibir el presente. Pero el presente real es un espacio dialéctico, según vimos producido sobre el tiempo inmanente. El presente subje­tivo derivado de la extensión no es dialéctico sino emergente: comienza y termina junto con la representación puesto que depende de su extensión; por eso el presente subjetivo tiene una duración real variable: es tan corto o tal largo como la impresión que afecta la conciencia. La ilusión del S.P.E. consiste en creer que el presente es una claridad, una "conciencia", experi­mentada sobre la implacable y oscura sucesión del tiempo: "antes" de la duración (extensión) de la representación esta la oscuridad; "después" de la duración también. El antes y el después de la emergencia de I' son "momentos" irreales, creados por el S.P.E. para otorgar continuidad al tiempo falsificado. La representación queda, así, ligada subjetivamente en ambos extremos de su extensión con dos momentos irreales: una especie de "pasado" antes de la emergencia; y una especie de "futuro" después de la misma. Por supuesto, que la intuición de este tiempo falso es sumamente oscura y que lo único claro en cualquier punto de la serie de instantes solo es el presente subjetivo de la representación emergente.
Evidentemente, el tiempo extensivo es la reconstrucción que el S.P.E. efectúa del tiem­po trascendente, figurándose como seria su transcurrir en caso de que la anisotropía no le im­pidiese trascender la esfera de conciencia. Sin embargo el único dato indirecto, que refleja de algún modo el tiempo trascendente lo constituye la extensión, medida de la duración originaria: todo lo demás, el antes y el después, es supuesto, agregado por el S.P.E. El "tiempo", en el que se cree transcurre I', y sobre el que se advierte con claridad el presente de su presencia extensa, es en verdad un tiempo inexistente, falsificado: no es posible a la conciencia, cuya esencia es el tiempo inmanente transversal, conocer directamente el tiempo trascendente. Si ello fuese, por otra parte, posible, si el tiempo trascendente fuese capaz de suceder isotrópicamente y abarcar completamente la integridad del microcosmos, entonces no podría existir la conciencia del pasú ni ninguna otra conciencia fuera de la del Demiurgo.



D - Estudio analógico del tiempo inmanente.

D - Estudio analógico del tiempo inmanente.

En el inciso anterior, al describir el "espacio analógico" de la esfera de conciencia, distinguimos tres cuadrantes analógicos: el (yx) o "plano de significación y contexto"; el (zy); y el (zx) "que aparece frontal en la figura 20 y al que denominamos PLANO TEMPORAL". En la figura 21 el plano temporal (Ψ Tt) nos permite apreciar el perfil extenso del símbolo I y su proyección hasta el nivel de estabilización (Ψ1), como I'. Sin embargo, para observar con deta­lle las relaciones temporales analógicas, conviene considerar la figura 24, en la que se ha dibu­jado el plano temporal (Ψ Tt) por separado.
Vamos a destacar los detalles más salientes de dicha figura antes de interpretar el fenó­meno que representa. Observemos, en primer término, el sistema xx que está alineado por su extensión con el eje del tiempo trascendente: en el interior del perfil cilíndrico se ve en líneas de puntos el espesor del concepto xx, es decir, de una TAJADA de la Relación xx notada en un plano de significación perpendicular al dibujo. Recordemos que la dimensión "comprensión" del concepto xx es equivalente al volumen de la tajada; o sea: "la comprensión es función del espe­sor.
Sobre el sistema xx, por otra parte, vemos en color rojo el perfil extenso del símbolo I. El mismo es una REPRESENTACIÓN RACIONAL del concepto xx, producido por su poten­cia activa de acuerdo con la expresión W. Tt = Ep; esto significa que la energía (Ep), en que consiste substancialmente el símbolo I, ha rotado temporalmente. Naturalmente, la rotación de la energía (Ep) se debe a la referencia de sí mismo, tal como fue estudiado en los casos (a), (b) y (c); pero ésa es otra cuestión. La energía (Ep) dirige, así, al símbolo I 
en dirección del um­bral de conciencia Ψ, vale decir, en el sentido del tiempo inmanente. 
Por eso el eje (o Ψ), que en la figura 21 sólo correspondía a los distintos niveles de la energía psíquica de la esfera de conciencia, ahora representa también la variación del tiempo inmanente (Fig. 24).


El tiempo inmanente "brota como corriente de manantial del nivel xx", vale decir, se inicia en el eje analógico (ox). La emergencia de I, pues, que se dirige hacia Ψ guiada por la primera intención, sucede netamente en el tiempo inmanente, se desliza por la corriente del TIEMPO TRANSVERSAL hasta manifestarse con claridad en la esfera de luz. Que el tiempo inmanente es un tiempo transversal, propio del microcosmos, se comprueba en la figura 24, observando la perpendicularidad que guarda su transcurrir con respecto al tiempo trascendente (Tt).
Desde el punto de vista analógico, la forma total del símbolo I'; tal como se ve en la fi­gura 21, denota otras cualidades tales como la imagen o el significado proposicional, cualida­des todas muy importantes pero que no nos interesa considerar en el análisis temporal. En cambio las dimensiones extensión y comprensión, del símbolo I', revisten considerable valor por la significación temporal que pueden revelar al sujeto consciente. Estas dimensiones son, justamente, las que muestran el perfil de I', graficado en el plano temporal de la figura 24: la "extensión del símbolo I', corresponde a la longitud del perfil; y a la "comprensión", "que es función del espesor", es denotada por el espesor geométrico del perfil. Por motivos que pronto quedarán en claro, es conveniente suponer que el símbolo I' es homólogo a su concepto xx de gran comprensión, caso que podemos representar por medio de un perfil de gran espesor. Esta nueva situación se muestra en la figura 25
Vamos a interpretar temporalmente, el fenómeno de la representación consciente I'. Para ello comencemos por recordar que el sujeto consciente integra la esfera de luz y mantiene su atención dirigida hacia el umbral de conciencia Ψ: ÉSTA ES LA ACTITUD "NORMAL" DEL PASÚ, según el grado evolutivo con que lo venimos estudiando. En tal hipótesis, el sím­bolo I' emerge frente al sujeto consciente dirigido hacia sí mismo por la primera intención. En el nivel Ψ1, se estabiliza energéticamente e intenta desplegar su proceso; si el sujeto consciente es volitivamente eficaz, su atención DETENDRÁ al símbolo en el nivel Ψ1, caso que exami­namos aquí. 


Pero ¿qué significa DETENER al símbolo I' en el nivel Ψ1, desde el punto de vista temporal? Respuesta: Que el sujeto consciente RETIENE al símbolo como objeto de su aten­ción. Si así no ocurriera, si el sujeto consciente no lo retuviese frente a sí, el símbolo desapare­cería de la visión eidética para integrarse al esquema de sí mismo, en algún sitio de la esfera de conciencia.
Esto se hará claro si recordamos que en el articulo "E" del inciso anterior comparamos al sujeto anímico evolutivo con un haz de luz, el cual, al atravesar sucesivos filtros, conforma­ba los sujetos propios de las estructuras psíquicas del microcosmos: el sujeto racional, el suje­to cultural y el sujeto consciente. Bien que se mire esta alegoría, resalta inmediatamente que al comparar el sujeto anímico con un haz de luz estamos otorgando a este un neto carácter fluyen­te y sucesivo. Ahora sabemos que "el tiempo inmanente es la esencia de la conciencia" y que transcurre "en dirección transversal" a la del tiempo trascendente; nos preguntamos ¿concuerdan estas características con aquella alegoría óptica? Respuesta: Sí. Y ello se demues­tra mediante la siguiente interpretación. Al atribuir fluencia al sujeto anímico evolutivo, al su­ponerlo "semejante a un haz de luz", CONSIDERAMOS TÁCITAMENTE QUE LOS TRES SUJETOS QUE CONFORMA JERÁRQUICAMENTE SON SUCESIVOS, ES DECIR, TEMPORALES. Sin embargo, los dos primeros sujetos, racional y cultural, por animar estruc­turas funcionalmente sincronizadas en el tiempo trascendente del macrocosmos, participan del orden macrocósmico al desenvolverse en una sucesión de actos dirigidos en el sentido del tiempo trascendente; esto es: el fluir de los sujetos racional y cultural, luminoso si se quiere, acaece paralelamente con el transcurrir del tiempo trascendente. SIN QUE PUEDA ESTA­BLECERSE UNA DIFERENCIA DE DIRECCIÓN ENTRE AMBOS. Quiere decir que, aún cuando aceptamos que LA ESENCIA DEL SUJETO ANÍMICO EVOLUTIVO "COMPLETO" ES TEMPORAL, no habría manera de establecer diferencia alguna entre la temporalidad inmanente de los sujetos racional y cultural, y la sucesión del tiempo trascenden­te; y a tal indiferencia la denominamos, con razón, INCONSCIENTE; "inconsciente" es el modo en que ocurre la acción de los sujetos racional y cultural. Por eso se afirma sólo que "la esencia de la conciencia es el tiempo", aludiendo al suceder transversal del sujeto consciente, aunque, tal como se desprende de la alegoría del haz de luz, el sujeto anímico completo sea esencialmente temporal.
El segundo filtro que intercepta el haz de luz, amarillo, era análogo a la estructura cultu­ral: la luz que los atravesaba formaba un pequeño haz color verde, equivalente al sujeto cons­ciente. Pues bien, si imaginamos que dicho haz resultante SE DESVÍA DE SU DIRECCIÓN ORIGINAL, INMEDIATAMENTE DESPUÉS DE ATRAVESAR EL FILTRO AMARILLO, YA TENDREMOS LA IMAGEN ALEGÓRICA DE UN SUJETO CONSCIENTE, CONS­TITUÍDO ESENCIALMENTE POR UNA SUBSTANCIA QUE FLUYE EN DIRECCIÓN TRANSVERSAL A LA DEL HAZ ORIGINAL. Esta imagen, que corresponde analógicamen­te con el concepto de tiempo inmanente transversal expuesta anteriormente, puede observarse en la figura 26, en el haz "G" análogo al sujeto consciente.
A pesar de que la alegoría es por demás evidente, cabe destacar que las relaciones ana­lógicas entre el carácter temporal de la conciencia y la naturaleza lumínica del haz "G" llegan tan lejos que hasta coinciden en la extraña propiedad de ser "continuo y discontinuo". El por­que el tiempo trascendente, y todo tiempo, es continuo y discontinuo a la vez se explica en el libro Física Hiperbórea; pero conviene advertir aquí que, en efecto, la luz puede comportarse en forma "continua" como ONDA y en forma "discontinua" como CORPÚSCULO O QUANTO.
 Al estudiar la figura 26, hay que tener en cuenta que la desviación del haz lumínico "G", con respecto a la dirección que llevaban los haces "E" y "F", REPRESENTA analógicamente la dirección propia del tiempo inmanente, la cual es transversal a la del tiempo trascendente. Pero el haz "G", análogo al sujeto consciente, se refleja en el espejo curvo "D", ANÁLOGO A LA SUPERFICIE EXTERIOR DE LA ESFERA DE LUZ ¿qué significado hay que extraer de este hecho? Respuesta: Ante todo, que el sujeto consciente, cuya esencia es absolutamente sucesiva, OBSERVA POR REFLEJO LA ESTRUCTURA CULTURAL ("C"); vale decir, el sujeto consciente "mira hacia la estructura cultural", hecho que ya conocíamos del inciso ante­rior. Sin embargo, la alegoría nos dice más aún. Si el sujeto consciente no se reflejase, en cierto momento de su acaecer, NO HABRÍA POSIBILIDAD DE CONTENIDO CONSCIENTE ALGUNO: el sujeto SE ALEJARÍA TEMPORALMENTE de todo símbolo emergente, de toda representación, de toda imagen, EN DIRECCIÓN OPUESTA A SU APARICIÓN; seria como si el sujeto consciente, entregado extáticamente a su fluir, DIESE LA ESPALDA A LOS SÍMBOLOS REFERENTES AL MUNDO, y éstos pujasen inútilmente por darle alcance.
Debemos sacar de esta alegoría dos conclusiones. La primera es que, aún cuando la esencia de la conciencia sea el fluir temporal, el sujeto consciente ha de oponerse a su propia fluencia para "mirar hacia atrás" y recoger los símbolos emergentes. La segunda es que esta reflexión intencional, que procura aprehender contenidos sémicos, sólo tiene sentido si tales contenidos existen; es decir, que "la conciencia" sólo puede ser "conciencia de algo": sin contenido, el sujeto consciente se desarrolla en una absoluta fluencia temporal que lo lleva hacia el futuro; pero ese tránsito hacia el todo y la nada final sólo puede efectuarse en un éxta­sis hiperconsciente que es, por eso mismo, inconsciente del mundo. Mas cuando existe el sím­bolo emergente, la representación del ente producida por el sujeto cultural o racional, entonces el sujeto consciente se coloca "de espaldas" al sentido de su fluir temporal para "tomar con­ciencia" del mismo: y sólo así hay verdadera "conciencia", pues se trata de la "conciencia de" un contenido sémico. Naturalmente, cuando el sujeto consciente se halla motivado para reque­rir material simbólico del esquema de sí mismo o "memoria representativa" con el fin de for­jarse una fantasía, ocurre el mismo proceso: el sujeto "mira" hacia el umbral de conciencia, es decir, se enfrenta al símbolo emergente "dando la espalda" a su propio acaecer temporal.
Es importante advertir que en esta reflexión que el sujeto consciente efectúa sobre su propio sentido, para enfrentarse a los símbolos emergentes, manifiesta una preeminencia del futuro que condiciona inevitablemente todo acto consciente. El sujeto consciente, en efecto, al RETENER el símbolo frente a sí, en realidad lo ha esperado un instante y por eso lo aprehende DESDE EL FUTURO: aunque ese instante sea infinitesimal, no es posible desconocer que el sujeto consciente, situado en su propio instante de aprehensión, constituye el futuro del símbo­lo, un futuro que al convertirse en presente se denomina "conciencia del símbolo".
Durante la retención el símbolo se encuentra en el presente del sujeto consciente y por eso se denomina "conciencia presente" a su aprehensión. Pero, si bien el sujeto consciente se enfrenta al símbolo "dando la espalda" a su propia fluencia temporal, tal fluencia no deja por eso de existir y de impulsar al símbolo hacia el pasado: el símbolo emergente sucede en el tiempo inmanente y su corriente trata de arrancarlo de la presencia del sujeto consciente. 


En la retención ocurre, pues, una puja dialéctica entre la atención del sujeto consciente,
puesta en retener presente al símbolo, operando "desde el futuro", y la corriente del tiempo inmanente que lo arrastra hacia el pasado. Que el presente es una neutralidad subjetiva producto de una confrontación dialéctica es algo que se comprueba en el hecho de que, al quitar la atención, es decir, la oposición puesta en el símbolo, ésta se pierde inmediatamente en el pasado. Y tal confrontación sólo es posible porque el sujeto consciente, para retener al símbolo, ha debido reflexionar sobre su propio transcurrir situándose "de espal­das", como lo muestra analógicamente en la figura 26 la reflexión de "G" en el espejo "D": el sujeto consciente, vuelto al revés del tiempo inmanente, no puede menos que oponerse a un símbolo que avanza en la dirección de su atención. Así, la retención es el producto sintético de un acto de oposición que ABRE, subjetivamente, una brecha en la serie de instantes del tiempo inmanente: la conciencia PRESENTE del símbolo.
El carácter dialéctico de la retención puede también inferirse de la figura 24, observan­do que la dirección del tiempo inmanente va desde el eje xx hacia la esfera de luz, es decir, en dirección inversa al "mirar" del sujeto consciente, quien centra su atención en el umbral de conciencia Ψ. Es evidente allí que el símbolo I' se enfrenta al sujeto consciente. Pero el senti­do de la flecha Ti indica el futuro del sujeto consciente, futuro al que este "vuelve la espalda" para aprehender a I'. Y, por el contrario, la dirección de Ti indica el pasado de I', la región a la que irá el símbolo cuando el sujeto quite su atención y éste desaparezca del presente. Resulta claro, entonces, que la retención de I' en un "presente" es producto de la oposición que el suje­to consciente efectúa desde el futuro inmanente para detenerlo; I', por su parte, sucede en el tiempo inmanente y ese transcurrir lo impulsa hacia el futuro inmanente que resulta así, por su oposición, el pasado subjetivo del sujeto consciente.
En resumen, al "mirar" hacia el umbral de conciencia, en dirección opuesta a su fluencia esencial, el sujete consciente considera al pasado inmanente como si fuese una especie de futuro, toda vez que "espera" percibir sucesos procedentes de esa dirección. Pero en esa dirección, que es una especie de futuro subjetivo, sólo esta el mundo intermediario de la estructura cultural y, más allá, el mundo exterior, el macrocosmos y el tiempo trascendente. De aquí que al percibir los símbolos emergentes, el sujeto consciente cometa el error gnoseológico de tomar el dato de la duración originaria del ente en el tiempo trascendente, es decir, la extensión, por una aprehensión efectiva del tiempo. En consecuencia, aunque la anisotropía del tiempo trascendente permite la fluencia inmanente de la conciencia, ocurre el absurdo hecho de que el sujeto consciente se identifica con el tiempo trascendente a partir de la dimensión extensión del símbolo emergente. Pero esto lo explicaremos paso a paso valiéndonos de la figura 25.
Para comenzar, observemos que todo sujeto consciente dispone de la curiosa posibili­dad DE VIVENCIAR EL PRESENTE DESDE DOS PERSPECTIVAS DIFERENTES. Se­gún se explicará enseguida, se trata de dos actitudes que el sujeto consciente puede adoptar frente A UN MISMO símbolo emergente durante su retención.
Es posible, en efecto, que el sujeto consciente perciba el símbolo I', como objeto en el tiempo, DESDE LA PERSPECTIVA DE SU EXTENSIÓN O DESDE LA PERSPECTIVA DE SU COMPRENSIÓN. En el primer caso la extensión del símbolo I' reflejará la duración original del ente en el tiempo trascendente: la conciencia presente de I' será entonces EX­TENSIVA y por eso en la figura 25 hemos señalado con las iniciales S.P.E. el lugar geométri­co analógico del S-ujeto en P-resente E-xtensivo. En el segundo caso la comprensión del sím­bolo I' permitirá la aprehensión de tiempo inmanente, tiempo en el que verdaderamente sucede la emergencia de I': la conciencia presente de I' es, entonces, COMPRENSIVA y por eso he­mos señalado con iniciales S.P.C. el lugar geométrico analógico del S-ujeto en P-resente C-omprensivo. Vamos a explicar ambos casos para exponer la conciencia del tiempo trascendente y la conciencia del tiempo inmanente, y mostrar que sólo la ultima constituye un conocimiento cierto sobre la naturaleza del tiempo, sobre el carácter dialéctico del presente subjetivo.

lunes, 9 de marzo de 2020

C - La doble temporalidad del microcosmos potencial.

C - La doble temporalidad del microcosmos potencial.

Hemos aclarado ya que la "autonomía óntica", que caracteriza a un microcosmos actual, es fundamentalmente una autonomía "temporal", producto de un elevado grado de conciencia. Pero "nuestro propósito es mostrar la estructura psíquica del pasú en el momento previo al encadenamiento espiritual", según declaramos en los primeros incisos. En dicho "momento" especifico de su historia el pasú, desde luego, no era "microcosmos actual" sino POTENCIAL, aunque su evolución apuntaba hacia tal entelequia. Y, como "microcosmos potencial", no obstante su manifiesta falta de desarrollo, el pasú había construido una incipiente esfera de conciencia (figura 11b) animada por el correspondiente "sujeto consciente".
En términos temporales la diferencia entre microcosmos actual y potencial es la siguien­te: en el microcosmos actual el sujeto consciente ha sido capaz de pensarse a sí mismo, ha "vivenciado" el esquema de sí mismo, y, por subsistir en un "tiempo propio", se ha tornado ente autónomo; en el microcosmos potencial el sujeto consciente está localizado sobre un esquema incompleto de sí mismo y, por lo tanto, sólo es inmanente a la esfera de conciencia; en otras palabras: el "tiempo propio", que es esencial al sujeto consciente, sólo es inmanente a la esfera de conciencia; fuera de ella el sujeto conciente es incapaz de abarcar otras estructu­ras del microcosmos. Pero, aquello que quede fuera de la conciencia del sujeto, es decir, fuera de la dirección del tiempo propio, será inevitablemente objeto del tiempo trascendente, su existencia sucederá en él. Por eso en el microcosmos potencial, tal como ya fue explicado en otro articulo, "los relojes atómicos, biológicos y psicofisiológicos, del pasú, están sincronizados con los relojes cósmicos que regulan los movimientos de los entes según patrones universales de ra­zón"; en el microcosmos potencial, salvo la esfera de conciencia, toda otra estructura subsiste en el tiempo trascendente.
En el microcosmos potencial, entonces, coexisten dos naturalezas temporales: el tiempo propio, inmanente, en la esfera de conciencia y el tiempo trascendente en las restantes estruc­turas del microcosmos. Naturalmente, estos tiempos coexisten sin interferirse debido a la ani­sotropía del tiempo trascendente, que impide a este transcurrir en la misma dirección del tiem­po inmanente. El microcosmos potencial es así un ente que sucede en el tiempo trascendente pero en cuya entraña, en una hondura insondable, coexiste el tiempo inmanente de la conciencia. La esfera de conciencia, fuente del tiempo inmanente, es un núcleo de efectiva autonomía temporal, pero, por constituir una estructura integrada a la organicidad microcósmica, no podrá alcanzar conjuntamente la efectiva autonomía espacial del ente: por ahora es sólo interioridad del ente, un abismo en la intimidad del microcosmos, una conciencia de entes externos que no consigue conciencializar a sí mismo.
De este microcosmos potencial, dotado de un núcleo de tiempo inmanente pero que participa, en ciertas estructuras, del tiempo trascendente, nos vamos a ocupar exclusivamente a continuación.
Comencemos por destacar una importante consecuencia: si sólo la esfera de conciencia sucede en el tiempo inmanente, entonces las restantes estructuras de la psique subsisten en el tiempo trascendente. Especialmente debemos atender al hecho de que la estructura cultural permanece, y crece, en el tiempo trascendente. Pero la estructura cultural viene a cumplir la función de "limite inferior" de la esfera de conciencia, puesto que hemos definido a ésta como "un espacio analógico que se extiende sobre el sistema vivenciado". En la figura 22 el arco xx representa analógicamente tal "limite inferior", vale decir, el comienzo de la esfera de con­ciencia; recordemos que la esfera de conciencia se compone de "esfera de sombra" y "esfera de luz". Siempre refiriéndonos a la figura 22, es cómodo imaginar al tiempo inmanente como una corriente de manantial cuya fuente se encuentra exactamente en el arco xx: el tiempo surge de xx y corre hacia Ψ, inundando la totalidad de la esfera de conciencia. Analógicamente, bajo esta alegoría, se debe ver la terminación esencialmente sucesiva del sujeto anímico evolutivo, al que, justamente, denominamos "sujeto consciente".
El el arco xx de la figura 22 corresponde al nivel del símbolo I de la figura 21, el cual se encuentra sobre el plano de significación horizontal del concepto xx: a partir de xx "comienza la esfera de conciencia". Ahora bien, el tiempo inmanente corre de xx a Ψ1, según dijimos: pero esta es la "dirección que siguen las representaciones emergentes hacia la esfera de luz, tales como I'. Es evidente, pues, que toda emergencia de un símbolo en la esfera de conciencia sucede en el sentido del tiempo inmanente. Las notas principales de la energía psíquica, en que consiste todo símbolo emergente, son: movimiento, intensidad y dirección; al movimiento lo hemos llamado "emergencia" y a la dirección "intención". Sin embargo, por se­guir el sentido del tiempo inmanente, de xx a Ψ1, a la dirección de todo símbolo emergente se la denomina: INTENCIÓN TEMPORAL. Este concepto ya había sido adelantado en el articu­lo 'A' del inciso anterior. Allí, en efecto, se dijo: "Sabemos ya cuando se inicia la conciencia pero lo que más nos interesa es conocer que modificaciones introduce su presencia en el pensar racional; vale decir ¿qué dimensión o característica del pensar nos demuestra inequívocamente que se trata de una "conciencia" y no de ningún acto psíquico? Respuesta: la intención tempo­ral del pensamiento". Y, más adelante: "El pensamiento de una Relación puede adquirir, por la referencia a sí mismo de su dimensión potencia, caso (c), una "intención temporal" determina­da; y eso lo convierte en "consciente". Estos comentarios, y otros por el estilo, que se hicieron en artículos anteriores han de quedar ahora completamente aclarados al conocerse la naturaleza del tiempo inmanente.
Consideremos nuevamente la "expresión energética del pensamiento del pasú": W. Tt = Ep; esto es: la potencia activa del concepto xx (W) por el tiempo trascendente o "duración de la vivencia sistemática" (Tt) es equivalente a la energía psíquica (Ep) del símbolo I.
Sabemos que la Relación xx subsiste en el tiempo trascendente y que, al ser vivenciada por el sujeto cultural, el substrato de su potencia activa causa la energía del símbolo I que imita al concepto xx; si la potencia activa esta referida a sí mismo entonces el símbolo I emer­gerá dirigido hacia Ψ1, es decir, su energía tendrá el carácter de "primera intención": ahora sa­bemos, también, que la primera intención apunta en la dirección del tiempo inmanente. De acuerdo a la definición dada, es evidente que el pensamiento de todo símbolo emergente, su aprehensión por el sujeto, ha de constituir una "conciencia de", ya que ello no puede ocurrir mas que en la esfera de conciencia, tal como se había adelantado.
Una interpretación temporal de la "expresión energética" nos va a permitir responder a un difícil interrogante. En efecto, si la conciencia transcurre en un tiempo propio, al cual no interfiere el tiempo trascendente debido a su anisotropía esencial ¿cómo es que el sujeto cons­ciente toma conciencia de la temporalidad trascendente de los entes externos? La respuesta hay que buscarla en la "expresión energética", en la determinación intencional que la potencia activa introduce a la energía de todo símbolo emergente que procede de la estructura cultural: mientras la potencia activa (W), que se encuentra en el primer miembro de la expresión, TIENE LA DIRECCIÓN DEL TIEMPO TRASCENDENTE (Tt), por el cual está multiplica­do, por el contrario la energía equivalente (Ep) demuestra una DIRECCIÓN TRANSVERSAL a la de (Tt); tal "dirección transversal" es la que indica la primer intención, casos (a), (b) o (c). Si considerásemos, sólo a título analógico, a los términos de la expresión energética como magnitudes vectoriales, diríamos que el vector energía (Ep) "ROTÓ" de la dirección del tiem­po trascendente a la del tiempo inmanente.
Resulta así que, aunque los tiempos trascendente e inmanente coexistan sin interferirse, existen ciertos ENTES INTERNOS, o "SÍMBOLOS PSÍQUICOS", capaces de PERMANE­CER en la dirección del tiempo trascendente o rotar temporalmente y SUCEDER a la dirección del tiempo inmanente: los símbolos que permanecen en el tiempo trascendente son, desde luego, los Principios y Relaciones, vale decir, los sistemas de la estructura cultural; los símbo­los que suceden en el tiempo inmanente, POR CAUSA DE LA POTENCIA ACTIVA DE LAS RELACIONES, son las representaciones de conceptos, tales como I' (figura 21), que emergen con primera intención hacia el umbral de conciencia Ψ. La expresión energética des­cribe la relación de causa y efecto que vincula al símbolo homólogo I' y al concepto xx. Una primera aproximación a la respuesta buscada es, entonces, que: todo símbolo emergente, cuya substancia es la energía psíquica (Ep), contiene un dato que revela al sujeto consciente la existencia del tiempo trascendente. Es fundamental destacar la siguiente propiedad: dicho dato permanece invariante durante la rotación temporal de la energía (Ep) y se mantiene en la suce­sión inmanente de la emergencia.
Hay que aclarar que "el tiempo trascendente" revelado al sujeto consciente por tal dato del símbolo emergente corresponde siempre a una DURACIÓN ORIGINARIA del ente exter­no, duración que ha sido interpretada por la razón como propiedad sémica del esquema. Esto quiere decir que, cuando el esquema es vivenciado por el sujeto cultural, y su potencia produce una representación consciente, la duración originaria se ha de transferir invariablemente al símbolo emergente como un dato pronto a ser notado por el sujeto consciente.
En consecuencia, la conciencia de la duración originaria del ente externo procede de un dato del símbolo emergente, es decir, de una propiedad objetiva a posteriori, y no de una in­tuición a priori del tiempo como pretende Kant.
El microcosmos potencial participa del tiempo trascendente del macrocosmos y posee un tiempo propio, inmanente a la esfera de conciencia; ambos tiempos coexisten sin interfe­rirse Y SON REALES; ambos pueden ser conocidos como sucesión pura, sin referencia a ente alguno, por el sujeto consciente: el tiempo inmanente por AUTOSCOPÍA de su propia esencia, y el tiempo trascendente, tal como se demostrará más adelante, por intuición de la extensión irrelevante de la significación continua. Pero el hecho de que efectivamente pueda ocurrir la intuición pura del tiempo no implica que ésta deba constituir el fundamento a priori de la tem­poralidad de los entes; por el contrario, la conciencia de la duración de un ente en el tiempo trascendente procede de una propiedad objetiva de su representación, propiedad que refleja aquella duración originaria, vale decir, es un dato a posteriori.
Como primera aproximación obtuvimos que el sujeto consciente conoce el tiempo tras­cendente indirectamente, por un dato propio de la representación consciente. Para completar la respuesta debemos indagar, pues, sobre la naturaleza de tal dato.
El dato temporal el sujeto consciente lo recoge del símbolo emergente; mas ¿qué es un símbolo emergente? Respuesta: una estructura cuya substancia consiste en energía psíquica (Ep). Pero toda estructura determina una forma: el símbolo emergente es, también, una forma substancialmente energética. Esto se comprueba analógicamente en la figura 19, adonde el símbolo I, homólogo al concepto xx, se ha representado arbitrariamente como una forma trian­gular. Considerando esta definición podemos afirmar que el dato buscado, por cuyo interme­dio el sujeto consciente conoce el tiempo trascendente, es la EXTENSIÓN FORMAL de todo símbolo emergente. Con el fin de aclarar la cuestión vamos a remitirnos al estudio analógico del articulo "F" del inciso anterior.
Ante todo, recordemos que "el tiempo trascendente aumenta en el sentido de la dimen­sión extensión (ver figura 18)". La extensión" del concepto xx, en efecto, constituye una medi­da del tiempo trascendente que, además, SE CONSERVA INVARIANTE en el símbolo ho­mo­logo I', aún cuando su energía (Ep) haya rotado temporalmente: LA INVARIANCIA DE LA DIMENSIÓN EXTENSIÓN ES EL DATO QUE REVELA AL SUJETO CONSCIENTE UNA "DURACIÓN" ORIGINARIA EN EL TIEMPO TRASCENDENTE. Esto ya lo había­mos adelantado en el comentario tercero de citado articulo: "Consideremos ahora el símbolo I, manifestado por la potencia del Concepto xx. Ambos elementos son sémicamente homólogos aunque difieren en sus dimensiones. Si tenemos en cuenta que el símbolo I, de la figura 19, es efecto del concepto xx hemos de concluir que TANTO LA EXTENSIÓN COMO LA COM­PRENSIÓN DEL CONCEPTO ESTÁN IGUALMENTE EN EL SÍMBOLO I: la extensión del concepto, en efecto, es denotada en el símbolo I POR LA DURACIÓN durante la cual se manifiesta en el pensamiento; la comprensión del concepto es función del espesor de la tajada e igual al volumen de ésta: podemos convenir en que el espesor del símbolo, y su volumen, son iguales a los del concepto tajada". "LA EXTENSIÓN DEL CONCEPTO ES IGUAL A LA EXTENSIÓN DEL SÍMBOLO Y LA COMPRENSIÓN DEL CONCEPTO ES IGUAL A LA COMPRENSIÓN DEL SÍMBOLO".
La extensión del símbolo revela al sujeto consciente, según hemos visto, la duración originaria del ente externo, vale decir, revela sólo aquella cantidad de tiempo trascendente que corresponde a la percepción sensible del ente externo o a la rememoración de su esquema; entonces, cabe preguntar ¿cómo podría percibir el sujeto consciente la sucesión pura del tiem­po trascendente, desligada de toda referencia óntica? Con otras palabras ¿puede experi­men­tarse la conciencia de una intuición pura del tiempo trascendente, a pesar de su anisotro­pía? Respuesta: El sujeto consciente, en ausencia de toda representación, puede intuir la su­cesión del tiempo trascendente debido a su paralelismo con la significación continua que fun­damenta el pensar racional. En la figura 21 se advierte que el Plano de significación (STt) del lenguaje habitual es horizontal y paralelo al umbral de conciencia Ψ hacia donde el sujeto consciente tiene centrada su atención; pero, además, el plano de significación (STt) es extenso en direc­ción (o Tt), es decir, en el sentido del tiempo trascendente: todo esto nos indica que, aunque en el contexto del lenguaje habitual no sea notado ningún concepto ("concepto vacío"), la percep­ción de la significación continúa como pura extensión sistemática, su duración sin relie­ve, equivale a la intuición consciente del tiempo trascendente.